jueves, 12 de octubre de 2017

Whipala, de mitos y verdades.

La Wiphala, que es? una bandera?, un símbolo?, un blasón?, un estandarte? Existió? Fue real?  Bueno, acá mostrare algunos esbozos, con una leve documentación y un poco de la interpretación que le doy yo, en mi humilde entender.



Los pueblos de nuestra tierra, obviamente tenían otra concepción de bandera, este es un concepto indoeuropeo, por lo tanto, esta interpretación actual, no es correcta, lo que sí es real, que esta imagen es  originaria y ancestral. En fin,: se carece de testimonios fehacientes de su empleo en los pueblos precolombinos antes de la llegada de los europeos. Y no se trata  de que se careciera de divisas, pero éstas no eran banderas; las huestes del ejército Inka acostumbraban identificarse utilizando el «unancha» («estandarte», «pendón» o «divisa» cuadrado, pequeño).

En este vaso kero se puede apreciar claramente un guerrero portando una wiphala, lo pueden encontrar en el Museo Arqueológico del Cusco
    «El guion o estandarte real era una banderilla cuadrada y pequeña, de diez o doce palmos de ruedo, hecha de lienzo de algodón o de lana. Iba puesta en el remate de un asta larga, sin que ondease al aire, tendida y tiesa, y en ella pintaba cada rey sus armas y divisas, porque cada uno las escogía diferentes, aunque las generales de los incas eran el arco celeste y dos culebras tendidas a lo largo paralelas con la borda que le servía de corona, a las cuales solía añadir por divisa y blasón cada rey las que le parecía, como un león, un águila y otras figuras. El dicho estandarte tenía por borla ciertas plumas coloradas y largas puestas a trechos.» Dice Bernabé Cobo, en su «Historia del Nuevo Mundo.» (1609)
 
Chuspa coquera del perìodo Tiwanakota , se encuentra en el Museo de Brooklyn. EEUU.
Las altas culturas, sudamericanas tales como la antiquísima Tiwanaku, Chavín, Nazca, Huari, Paracas, Mochica, Chimú, Aymara, Queshwa hasta la más reciente y epítome de todas ellas: la Inka, demuestran un elevado grado de cultura visual, a través de representaciones de exquisita estilización de cosas y sucesos trascendentes o cotidianos, reales o mitológicos, registrados sobre soportes de diversa naturaleza, desde la piedra hasta los textiles, de la cerámica a la madera, de la corteza a los metales nobles.


En una obra clásica de arqueología de Tiwanaku de largo aliento y profusamente ilustrada, se muestra en una de sus páginas la imagen de la decoración de un Keru  singular. La ilustración desplegada en plano, exhibe una escena doble: en la mitad superior izquierda, asistimos a un acto ceremonial, en que el Señor –no podría ser el Inka, si se tratara de un soberano de Tiwanaku, pues es ésta una cultura muy anterior a la inkaica–  es transportado en andas, rodeado por su guardia de honor, que presenta a consideración del soberano un par de cabezas cortadas que aún chorrean sangre. La escena denota pompa y formalidad y se trataría de alguna victoria obtenida sobre unos enemigos. Debajo de esta escena, se encuentra una serie de signos contenidos en una estructura geométrica, podríamos especular sin mayores explicaciones, que podría tratarse de una crónica de la escena superior, redactada en algún tipo no descifrado de escritura jeroglífica tiwanakota.
 
Keru de Copacabana

En la mitad derecha de la imagen, nos sorprende la visión de lo que parece un escudo de armas o blasón indudablemente de inspiración europea, en el que no falta un insólito yelmo emplumado con un brazo blandiendo una espada también europea, en la parte superior del blasón. El escudo está dividido en campos, tal cual es costumbre en la heráldica europea, pero con la particularidad de que los restantes componentes simbológicos.
Keru de Copacabana, detalle con «Wiphala».
Muestra el patrón de cuadrados concéntricos,
plumas rojas y el asta con lo que parece la punta
de hierro, metal extraño a las culturas andinas.
 Completa esta mitad de la composición, quizá lo más sorprendente es la presencia de dos portaestandartes ataviados para la ocasión, flanqueando el blasón… sosteniendo sendas astas coronadas por «Wiphalas». Así parecen –aunque podrían ser estandartes rígidos, pues no ondean. Sus diseños tienen cuadrados, pero concéntricos y ostentan sólo tres colores: de adentro hacia fuera amarillo, blanco y rojo. ¿Significa esto una prueba documental de la presencia precolombina de la «Wiphala» entre las culturas andinas? Ciertamente, no.
Ahora bien acá abajo otros ejemplos de whipala antiguos, aunque en estos podemos decir que hay un halo de dudosidad.

Y esta es la historia moderna de la whipala
El Primer Congreso Indigenista Boliviano se celebró en La Paz en mayo de 1945. Entre sus organizadores se encontraba Hugo Lanza Ordóñez, especialista en la cultura aymara, quién advirtió a los otros participantes que la existencia de la palabra aymara «wiphala» –compuesta por dos palabras: «wiphai» una expresión de triunfo, y «lapks-lapks», algo así como una onomatopeya del viento; cuya conjunción y contracción podría significar: «triunfo flameante» = «bandera»–1 sugería que esa cultura en particular y las civilizaciones andinas en general debía haber poseído algún tipo de bandera. A partir de esa conjetura lingüístico-antropológica, y considerando que ese congreso debía estar representado por algún símbolo de la Identidad indígena, Lanza Ordóñez postuló el empleo de una bandera blanca, de uso habitual en los acontecimientos y ceremonias comunitarias importantes, que era la única divisa conocida por entonces. Los congresistas se manifestaron de acuerdo, pero surgieron discrepancias acerca de las características que debía poseer la bandera propuesta. Germán Monrroy Block propuso una enseña colorida, capaz de identificar con más riqueza cromática y simbólica a la cultura aymara y decidió poner en práctica su teoría, acudiendo a los especialistas en diseño, actividad que por aquél entonces –y posiblemente con justa razón–, se atribuía los ilustradores, tipógrafos y letristas que trabajaban en las imprentas.
 
En procura de lograr una solución satisfactoria de diseño, que consolidara las aspiraciones de Identidad postuladas, Germán Monrroy Block  acompañado por Hugo Lanza Ordóñez, el ideólogo del asunto, se dirigieron resueltamente a la imprenta de Gastón Velasco. En la reunión de trabajo , el tema más complejo por resolver parecían seguir siendo el de los colores que debía ostentar la «wiphala» proyectada. Se decidio por una colorida y pequeña grilla cuadrada compuesta a su vez por cuadrados de varios colores, y este habría  sido la inmediata inspiración de la «Wiphala» que identificó al Primer Congreso Indigenista de Bolivia.
 
Chakana

En fin, existe sin dudas algo similar, para filosofar, muestra los colores del arcoíris, una variedad  de colores, siendo la comunicación entre la tierra, y el cielo, que interpretación le daban?, no se, y creo nadie sabe.
Los colores a que corresponden, las tinturas que tendrían, las formas recuerdan a la chakana, la cruz andina, y es plenamente  simbología americana.
Y ahora saque su conclusión, y yo diría, como toda leyenda, atrás hay algo de verdad…



Aclaracion: la chakana de la portada es actual.

Fuentes:
 http://victorgarcia-design.blogspot.com.ar/2014/09/identidad-cultural-la-wiphala.html
 ¿La etiqueta de Champancola símbolo nacional?Artículo de Elizabeth De Col de Céspedes.
Publicado en «El Diario», Bolivia, 20 de Octubre de 2008
Tiihuanacu. - The cradle of American man - Cuna del hombre americano, de Arthur Posnansky.
Edición bilingüe inglés-castellano, Publicado por el Ministerio de Educación de Bolivia, La Paz, 1958. Volumen III y IV, página 97, Plancha XLVII b «Keru 11 de Copacabana». Descripción en pp. 73/76.



martes, 10 de octubre de 2017

San Martin y los Indios.


"Dos mil Mapuches ayudaron con caballería, ganado y baqueanos al General  San Martín en el cruce de Los Andes. El Parlamento al que citó a los  caciques tenía el objetivo además de pedirles permiso para atravesar sus  territorios " Manuel Olazábal (Oficial del Ejército de Los  Andes.) . Recordemos que en 1863, Olazábal comenzó a publicar sus memorias tituladas “Episodios de la Guerra de la Independencia”, que es un hermoso legado para la posteridad.


   
"Los ricos y los terratenientes se niegan a luchar, no quieren  mandar a sus hijos a la batalla, me dicen que enviarán tres sirvientes  por cada hijo solo para no tener que pagar las multas, dicen que a ellos  no les importa seguir siendo una colonia. Sus hijos quedan en sus casas  gordos y cómodos, un día se sabrá que esta patria fue liberada por los  pobres y los hijos de los pobres y los negros que ya no volverán a ser  esclavos de nadie." General José De San Martín. 



El Ejército de los Andes estaba compuesto por 

1512 soldados Regulares

2266 esclavos libertos 
       (negros entegados por sus amos)

1392 auxiliares (varios aborigenes)

1200 Patriotas  



    San Martín pensaba que los auténticos dueños del país eran los  habitantes originarios de América y se refería a ellos como "nuestros  paisanos los indios”. Al tema, me gustaría contar la historia de la Logia  Lautaro, si ,la misma en la que el General San Martin propicio, fue  fundada por Francisco de Miranda, un aventurero, que merece un post  aparte, pero volvamos en la logia Lautaro.

En 1807, Francisco de  Miranda fundó en Cádiz y Madrid filiales de los Caballeros Racionales.  La primera filial de la logia se estableció en Cádiz (España) en el año  1811, con el nombre clave de Logia Lautaro, haciendo referencia al toqui o caudillo araucano Lautaro, o Leftraro que derrotó a los  conquistadores españoles en la Capitanía General de Chile en el siglo  XVI y mantuvo independiente de la corona española, único estado en  américa reconocido por España, por originarios, hasta la ocupación de la  Araucanía (1861-1883).
 Entre los componentes de la logia podemos nombrar Carlos María de Alvear , Bernardo de Monteagudo, Bernard  O’Higgins, Tomas Guido, y obviamente aparte de muchos San Martin, estos  jóvenes liberales y libertadores, admiraban desde Europa, el espíritu  indómito de Lautaro, que derroto a Valdivia, marcando la cancha, como  quien diría. Un ejemplo a seguir, se enfrentó y venció.
 Recomiendo a  quien guste leer la Araucana de Alonso de Ercilla y Zuñiga, o algún  relato de la vida de Lautaro, sin duda no se arrepentirán.



Ahora la historia, corria el año 1816, San Martin se prepara en para el cruce de los andes, listo para la campaña libertadora , desde el Plumerillo,  organiza un parlamento con los indios, para afianzar lazos y unirlos a nuestra causa, ya lo decia en una carta dirigida al Gobierno de Buenos Aires así lo explica el general: “He creído del mayor interés tener un parlamento general con los indios pehuenches, con doble objeto, primero, el que si se verifica la expedición a Chile, me permitan el paso por sus tierras; y segundo, el que auxilien al ejército con ganados, caballadas y demás que esté a sus alcances, a los precios o cambios que se estipularán: al efecto se hallan reunidos en el “Fuerte de San Carlos” el Gobernador Necuñan y demás caciques, por lo que me veo en la necesidad de ponerme hoy en marcha para aquel destino….” (Cuartel General en Mendoza y setiembre 10 de 1816).


Fue asi que los caciques liderados por Ñacuñan, el cacique más viejo, escucharon atentamente  y luego de deliberar uno por uno, resolvieron dar su apoyo al General, con excepción de tres caciques, a los cuales, el resto se comprometió a “controlar”.

Los festejos del acuerdo duraron 4 días, las armas quedaron en custodia, y hubo alcohol e intercambio de regalos, fue allí donde recibe Don José su famoso poncho.  Concluido el parlamento y las implicancias políticas y los resultados del mismo, entre los que se destacan las colaboraciones que los pueblos Pehuenche que hicieron a la campaña libertadora (por ejemplo servir de baqueanos en el cruce los andes), es bueno recordar algunas frases de San Martin, referidas a los pueblos indígenas: “… Concluí con toda felicidad mi gran Parlamento con los indios del sur: auxiliarán al ejército no sólo con ganados, sino que están comprometidos a tomar una parte activa contra el enemigo…”
Replica del poncho entragado a San Martin por los Pehuenches.
“La guerra la tenemos que hacer del modo que podamos. Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar. Cuando se acaben los vestuarios nos vestiremos con las bayetitas que trabajan nuestras mujeres, y sino andaremos en pelotas como nuestros paisanos los indios. Seamos libres, que los demás no importa nada”.



Y de los negros que decimos... de los 2.500 soldados negros que iniciaron el cruce de Los Andes fueron repatriados con vida solo 143. Ya San Martin dijera “¡Pobres mis negros!”,  luego de recorrer el campo de batalla de Chacabuco, esto da una idea del panorama de los innumerables cadáveres de quienes habían pertenecido al Batallón N° 8 compuesto por los libertos de Cuyo. y que diríamos de Cabral, el morocho que paso a la historia, un hombre echo coraje, pero esa es otra historia...

Galeria de Imagenes:

Peculiar retrato de Jose de San Martin po Duclos






Poncho que acompaño a San Martin en el cruce de los Andes.


Retrato de San Martin con el poncho regalado
Lautaro, retrato de la epoca.

San Martin y la bandera de Los Andes



Fuentes: muchas y varias, credito de Hector Velazquez, revisionistas, y muchas mas
http://www.elmensajerodiario.com.ar/contenidos/para-pensar-a-san-martin/
Ilustración de portada de Matías Davirón para diario Los Andes. Publicado en un suplemento especial que circuló el 17 de agosto de 2017.

lunes, 25 de septiembre de 2017

Historia del Craneo de Juan Moreira.

Conforme narran los informes policiales, el folletín de Eduardo Gutiérrez y el drama criollo de los Podestá, el sargento Chirino ultimó por la espalda al legendario Juan Moreira el 30 de abril de 1874 en los fondos del prostíbulo “La Estrella” sito en el partido de Lobos, mas alla que la leyenda siguio, hubo una que otra historia se creo despues, esta es una de ellas. 

 El médico del lugar, el Dr. Eulogio del Mármol, fue el encargado de practicarle la autopsia. Los restos fueron inhumados en la necrópolis de Lobos, pero en 1887 debieron ser desenterrados por la falta de pago de los impuestos municipales correspondientes. El encargado de la exhumación fue el mismo Dr. del Mármol, quien conservó el cráneo con el fin de estudiar los rasgos lombrosianos (por la época estaba en auge la teoría de Cesare Lombroso, según la cual existía un patrón fisonómico del “delincuente nato”). Habiendo saciado su espíritu positivista, del Mármol regaló el cráneo del terror de las partidas a su amigo y colega el Dr. Tomás Liberato Perón. Al fallecer éste dejó la calavera en manos de su viuda, doña Dominga Dutey Cirus, quien a posteriori se lo cedería en herencia a su hijo Mario Tomás, que residía desde 1888 en el partido de Lobos. Don Mario Tomás, quien la tenía modo de adorno en su escritorio, en el despacho donde, de vez en cuando se colaba su pequeño hijo, Pochito, más conocido para la historia como Juan Domingo Perón.


Bueno, erase una vez en la casa de Lobos, una tarde de verano, donde Pochito estaba cuidado de la mucama, fue asi que el pequeño, muy travieso, quiso asustar a su nana, fue asi que tomo el cráneo de Juan Moreira con una mano y con la otra un mantel negro, coloco como una capa, el mantel y con la calavera se acercó a su nana, mientras iba murmurando sonidos tenebrosos –buuuuuhhh, y pisando el mantel se tropezó, lo que produjo la perdida de algunos dientes de Juan, que Juan? De Juan Moreira, hubo un gran reto para el pequeño Juancito, y al fallecer Mario Perón, su viuda, en 1928 lo dona al Museo de Luján, de donde sería trasladado en 1953 al Museo “Presidente Juan D. Perón”, de Lobos, su ciudad natal, donde dicen que de noche aún se escucha ruidos de sustos y risas de niños…



Fuent: relato popular.



lunes, 11 de septiembre de 2017

De caballos e historias de nuestras tierras, el mas fiel amigo del gaucho!

El gaucho es también conocido como uno de los mejores caballista que hay, centauros argentinos somos, y hasta nuestro deporte nacional se realiza sobre el lomo del caballo, y cuanto personaje es inseparable de su flete, desde la realidad hasta la ficción, como decir que sería de Patoruzú sin la legendaria figura de su brioso Pampero, bueno a continuación estos caballos que estuvieron en nuestra historia, o simplemente compañeros fieles.

Don José de San Martín
Estatua de san Martin en el Regimiento de Granaderos
El caballo de José de San Martín, herido en la batalla de San Lorenzo, era "un bayo blanco cola cortada al corvejón", con el cual cargaba a la cabeza de sus Granaderos. Una bala de cañon lo último, dando comienza a la gesta donde el heroico Cabral salva a su general, a costa de su propia vida

Manuel Belgrano
Belgrano enarbola la celeste y blanca
Don Manuel Belgrano cabalgaba un rosillo y con preferencia lo utilizaba en los enfrentamientos. Pero esta historia trata de un caballo blanco que poseía, muy apetecido por los realistas y por los propios soldados de su ejército. Estando en el Alto Perú, el caballo blanco trajo una desgracia, aunque no justamente a Belgrano, sino al sargento Gómez, a quien se lo regaló en reconocimiento de su tarea. Gracias a ese caballo fue individualizado después por los españoles y asesinado



Justo Jose Urquiza
Urquiza, triunfador de Caseros
El capitán general Justo José de Urquiza, apasionado por los caballos, tenía un parejero oscuro con ganada fama de "velocísimo" y lo suficientemente apto para "volear una garza en el salto". Se comentaba que por él, "Ricardo III ofrecería más de tres reinos". El oscuro de Urquiza gozaba del extraño privilegio de poder entrar libremente en las habitaciones de la estancia San José.. Le había puesto "El Aliado", y después de usarlo para guerrear en la batalla de Caseros lo hizo correr en el hipódromo de Belgrano. Lástima que la experiencia no duró demasiado porque lo derrotaron al instante.

Gervasio Artigas
El moro de Artigas, .con él ganó batallas y soportó derrotas y guió retiradas, su más fiel compañero en las malas, y llevó a cabo avances para al fin exilarse silencioso en las selvas profundas del Paraguay, gritando en su lecho de muerte  - ¡Traigan a mi moro! Quiero morir a caballo!
El general artigas en El Hervidero

Conrado Villegas
En 1877 en el mes de Octubre, Conrado Villegas,  era coronel, disponía de 300 caballos blancos, elegidos, sanos, fuertes y ligeros,  para reserva del Cuerpo que comandaba. Estos blancos eran cuidados por Villegas más que su vida.
Conrado Villegas
En una operación contra los indios,  ordena poner a los blancos*en descanso a unos 200 m del campamento,  eran cuidados por el sargento Carranza y 10 soldados; el caso es que durante la noche los indios se llevaron los caballos en su desesperación el sargento Carranza va a dar parte a su comandante,  pidiendo que lo ajusticie; Villegas con firmeza le solicita al mayor Sosa que disponga de un grupo de 30 hombres incluido Carranza y se dirijan a recuperar a los *blancos y si no era así no se molestaran en volver.
Con la orden temeraria de su jefe se internaron en la pampa y tuvieron gran suerte y éxito.  Los indios una vez superada la zanja de Alsina con el robo seguro, se fueron a los toldos, convencidos que allí nadie iría a buscarlos. El mayor Sosa, cayó de improviso sobre la toldería en el bajo de la laguna Loncomay;  rodeada de monte. Los indios eran unos 50 y un solo caballo atado al palenque; más 400 caballos de los pampas. Cuando Sosa dio la orden al trompa[i], cayeron sobre los indios “a la carga”, la sorpresa fue inmediata, en menos de 30 minutos habían muerto casi la totalidad de los indios, se rescataron los blancos mala caballada de los pampas; más cientos de indios prisioneros entre mujeres y niños; sólo uno de ellos pudo salvarse y escapar con el caballo que estaba atado al palenque.
Los indios no se quedaron de brazos cruzados y quisieron recuperar la caballada y el capitán más valiente del cacique Pincén, Nahuel Payun, salió al cruce de Sosa, esto fue muy malo para Payun y su grupo ya que fueron masacrados por Sosa.

Los blancos de Villegas

El 27 de Octubre, 9 días después de su partida volvía la tropa a Trenque Lauquen con los blancos, demostrando que golpear en la toldería era suerte y audacia junto a buenas cabalgaduras. Villegas recibió con abrazos a Sosa, los blancos, la caballada y las indias prisioneras.
Esta campaña militar llevada a cabo por el gobierno de la República Argentina contra los pueblos  mapuche, tehuelche y ranquel, con el objetivo de obtener el dominio territorial de la región pampeana y patagónica oriental hasta entonces bajo control indígena, que ellos denominaban Puel Mapu es lo que se dio en llamar “La Conquista del Desierto” o “Campaña del Desierto“; en esta ofensiva se vieron involucrados los siguientes pueblos incluyendo a los aliados del gobierno.

Gregorio Aráoz de La Madrid
La Madrid, hombre valeroso sin duda, tuvo una suerte, signada por sus monturas, afortunada para él, fatídico para sus monturas.
Cuando en diciembre de 1814 se hizo cargo del ejército del Norte el general José Rondeau  le ocurrió a La Madrid un incidente que es demostrativo de la corta vida de los fletes de combate. En una escaramuza con las líneas enemigas su caballo recibió un balazo y cayó muerto. La Madrid salvó su apero y gracias a la acción de uno de sus dragones que acudió en su ayuda pudo huir sano y salvo.
Gregorio Araoz de Lamadrid e hija
No pasó mucho tiempo hasta que otro de sus montados sufrió idéntica suerte. Fue en el combate de Culpina en el que su caballo recibió cinco balazos y tres bayonetazos que lo tendieron muerto. Una de las heridas de bayoneta le había interesado la tabla del cuello lo que produjo una abundante hemorragia que manchó la casaca de La Madrid  haciendo confundir a sus ayudantes sobre una posible herida del militar. Fue el sargento Bracamonte quien más tarde pudo recuperar la montura habiéndolo logrado con amenazas a sus poseedores de que La Madrid los perseguiría hasta Lima. No obstante, los estribos de plata que adornaban el recado no aparecieron.
Nuevamente sufre la muerte de su caballo en la batalla del Tala frente a las fuerzas de Facundo Quiroga. Esta vez fueron incontables las balas que atravesaron su pecho volteándolo. Aún así el animal logró incorporarse, pero cuando La Madrid volvió a subirse, ya no pudo moverse. Fue en este lance que La Madrid quedó tendido en la lid y, dado por muerto, su cuerpo fue desnudado. Había recibido quince heridas de sable, once de ellas en la cabeza, y un bayonetazo en la paletilla junto al cual había un tiro dado para remate final.


Don Juan Manuel de Rosas
Se estima que Rozas poseía una tropilla de 75 caballos entrenados para toda labor, que respondían a su amo nombrando simplemente su pelaje.
Pero relatemos un par de hechos para ilustrar al Hombre, cuenta el coronel Pedro José Díaz, jefe de una brigada de la infantería rosista, que ya empeñada la batalla se le acercó Rosas, jinete en su corcel de pelea, para hacerle una observación a fin de que preparara a sus infantes previniendo un movimiento envolvente del enemigo.  “Diciendo estas palabras –relató más tarde Díaz- volvió la vista hacia atrás y halló cerca de sí un paisano a caballo que llegaba trayéndole una carta o un mensaje, no recuerdo de dónde; y sin esperar a que el paisano le dirigiera la palabra, “¿De dónde sale, amigo? –le dijo- ¡Qué buen caballo trae!”  Notando en seguida que el paisano traía a la cabezada del recado las boleadoras.  “Présteme esas boleadoras”, añadió.  El paisano las desató inmediatamente y se las entregó.  Rosas –prosigue Díaz- las tomó por los extremos, abrió los brazos para ver si tenían la longitud de regla y hallando que estaban un poco cortas “Esta no es la medida”, dijo, “le faltan dos pulgadas”.  Luego, dirigiéndose a quien relatara esta escena, agregó: “Yo antes sabía un poco manejar esta arma; como ahora estoy demasiado grueso, tal vez no lo podré hacer.  Sin embargo voy a probar”.  Y volviendo al paisano: “¡Vaya amigo, galope, galope por allí un poco, galope!”.  Cuando el paisano se alejó a la distancia que él juzgó conveniente, lanzó las boleadoras por encima de la cabeza de aquél, de manera que al caer envolvieron las patas delanteras del caballo.  “Todavía me acuerdo” –dijo entonces y se separó del coronel Díaz para no volverlo a ver más.  Este episodio al par que muestra la compleja personalidad de aquel hombre –no hay que olvidar que ya se había empeñado la acción bélica decisiva para él y su régimen- lo exhibe, a los sesenta años, aún hábil, en una prueba de destreza criolla que requiere buen brazo y una correspondiente capacidad ecuestre.
Don Juan manuel de Rosas
Carlos Ibarguren, hacia el final de su biografía “Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo” describe los ranchos de “Burguess Farm” y dice que conoció al único peón sobreviviente, a principios del siglo XX, de cuantos trabajaron con Rosas allí.  Se llamaba Henri Coward.  “Este anciano –dice Ibarguren- callado y abrumado por la edad tornóse verboso al hablar de su ilustre patrón y de sus genialidades.  Le evocaba montado en su caballo oscuro, que él mismo enlazaba y ensillaba con apero y que a los ochenta años saltábalo sin tocar el estribo, llevando lazo, espuelas y boleadoras”.  Sin entrar a considerar si Rosas, octogenario –pese a su reconocido vigor físico- podría o no saltar sin estribar un caballo ensillado, resulta notorio que su vieja afición a la práctica ecuestre criolla no declinó ni aún al término de su vida.

Martin Miguel de Güemes
Martin era un joven de 20 años, tiempos tumultuosos, corría 1806, los ingleses atacaban las tierras del Plata. Pedido expreso del virrey Sobremonte, le solicita a Güemes, que llevara un mensaje secreto a Liniers, el francés, estaba realizando un esfuerzo excepcional en la patriada de la reconquista. El cadete que partió de la estancia La Candelaria a casi 800 kilómetros de Buenos Aires, realizó el trayecto en unos sorprendentes dos días.
Así el 12 de agosto, el muchacho moreno de ojos de pólvora combatía contra los ingleses en la ribera del río al mando de una partida de caballería.
Desde el río, el buque Justina azotaba con sus cañones a las tropas criollas que querían acercarse al fuerte por la costa o por las calles cercanas. El barco había peleado con fiereza con sus 26 cañones y sus más de 100 tripulantes entre oficiales y marineros. Pero el río traidor les jugó una mala pasada. Una bajante repentina hizo que la nave encallara a pocos metros de la costa. Enterado de ésto, Liniers se dirigió a Güemes y le ordenó que al frente de un escuadrón de Husares de Pueyrredon siguiera al barco desde la costa. Pero Martín y sus gauchos se salían de la vaina por atacar a los invasores. Contrariando la orden de sus superiores, miró a sus soldados y las sonrisas de sus compañeros de guerra lo envalentonaron. En ese momento tomó las riendas, taconeó a su caballo y enfiló hacia el río al grito de carga. Sus soldados lo siguieron envueltos en un grito que dejó pasmados a los tripulantes de la nave.

Los caballos enfrentaron al río color marrón bufando y relinchando, mientras sus jinetes disparaban sus armas, tacuaras y sables en mano, y desde La Justina devolvían el fuego.
Güemes y los suyos llegaron hasta el buque atacándolo por todos los flancos y sucedió lo imposible: el capitán del barco inglés levantó un trapo blanco en señal de rendición.
Martín ordenó el alto el fuego y abordó la nave para hacerse cargo. Los ingleses, entonces, descubrieron que habían perdido la batalla a manos de un jovencito alto, moreno de ojos profundos que hablaba con un acento extraño.
Para esos jinetes que realizaron el bizarro abordaje, el río color de león había sido el campo de batalla más movedizo que habrían de conocer.

Facundo Quiroga
Facundo y su Moro
El caballo moro de Facundo Quiroga llevó "enancada" una curiosa leyenda. Al moro se le atribuía dotes de "brujo", que, sumada a su velocidad y desempeño en la batalla, lo convertía en un pingo codiciado. El famoso animal se presentó díscolo para dejarse enfrenar el día en que el caudillo sufrió su derrota. No permitía que lo cabalgase. Cuentan que el general tomó entonces otro caballo, desoyendo el mensaje de su flete. Enarboló su lanza de ébano y cargó al frente de sus hombres tigre con muy mal resultado. Volvió en busca de su moro para huir, pero tampoco esta vez se dejó montar por su amo. El moro finalmente quedó en manos del brigadier López y la posesión del caballo produjo un alejamiento entre ambos caudillos. López no lo quiso devolver y Quiroga, como buen gaucho, no quiso desprenderse de su amado animal. Solicitó su devolución a través de la mediación de Tomás Manuel de Anchorena.
En una carta fechada en enero de 1832, Facundo Quiroga le agradecía su intención para que el caballo volviese a su dueño. La detención del caballo, según se creía, determinó la tragedia de Barranca Yaco. Una descendiente de Marcelo Gamboa afirma que su antecesor fue "el jurisconsulto que defendió a los hermanos Reynafé o Queenfe (sospechados de haber asesinado al caudillo) y fue posteriormente obligado por Rozas a pasearse en un burro celeste alrededor de la plaza principal", ah un detalle, saben como se llamaba el moro?, Piojo, asi lo llamaba Facundo…

Caballos criollos


De los caballos de la Patria (payada)
El caballo que ha llegado
con Don Pedro de Mendoza
sobre ésta pampa grandiosa
luego se ha multiplicado.
Traía un zaino colorado
que cuando desembarcó
junto al Riachuelo montó,
y pienso que fue el primero,
que resollando el Pampero
estas praderas cruzó

En el suelo Paraguayo,
cuando Artigas se moría
"traigan mi moro!", decía
"quiero morir de a caballo!".
Argentinos y Uruguayos
ya conocen el porqué
hay que estribar con mas fé
cuando ya el final se advierte
que a un buen gaucho, ni la muerte
debe encontrarlo de a pie!

A caballo por Suipacha
con los gauchos de Balcarce
que amagando replegarse
volvieron de punta y hacha.
Con esos criollos sin tacha,
que al alerta del clarín
desde el lejano confín
en un galope nos llegan,
va el tostao de Santos Vega
y el blanco de San Martín.

En el galope o el tranco,
el paseo o el sacrificio,
el Palomo de Aparicio
tuvo alas de poncho blanco,
y en el centro y en el flanco
de las pampas solariegas,
se toparon en refriegas
para el mal o para el bien,
el oscuro de Pincén
con los blancos de Villegas.

Un moro de buena laya
montó Guemes, y al comienzo,
un bayito en San Lorenzo
cayó bajo la metralla.
En la guardia, el monte talla
un colorao, sangre e' toro;
y como diciendo: "atesoro
aquel corvo soberano"
va el rocillo de Belgrano
y Martín Fierro en su moro.

Y sin dejar nombre alguno,
porque el paisano sencillo
lo nombró por "el rocillo",
"el gateao" o "el lobuno",
"el pangaré" y "el cebruno",
los ensilla la memoria
con un apero de gloria
y con las señas del pelo;
como el gaucho de este suelo
fueron sin nombre a la historia.


Fuente: